“Creador” «En busca de la fe» Joan Chittister   Sal Terrae

 Creador

Aceptar mi condición de criatura me libera un tanto de la tendencia a apoyarme en mi vida. Tarde o temprano, termino por ver lo que todas las personas que están a mi alrededor vieron hace años: yo no tengo la fuerza, ni todas las respuestas, ni toda la riqueza que quiero. Puedo equivocarme. Puedo tener dolor. Y también puedo aprender. Rebajarme a pedir ayuda, admitir mis limitaciones, me une a la escoria, a la chusma, al detritus de la humanidad. En ese punto empieza la gloria de mi condición de mortal.

«Mi fuerza está en mi debilidad», escribe Pablo (2 Cor 12,10). Este pasaje, que no me gustaba nada, no conseguí entenderlo hasta que, enferma de polio cuando era joven, empecé a comprender poco a poco que, si volvía a andar, no sería gracias a mí, sino gracias a las personas que tenía a mi lado, pues ellas formaban la cadena humana que me hacía humana a mí. Cuando no me podía mover, me llevaban. Cuando no podía trabajar, encontraban actividades que justificaban mi existencia. Cuando no conseguía encontrar una razón para seguir adelante, me gustaban lo bastante para devolverme el aprecio por el contacto humano. Cuando no podía curarme a mí misma, curaron la arcilla de mis límites y les devolvieron la vida. A ambos nos enseñaron los esplendores de la debilidad. Cuando deseaba por encima de todo ser fuerte y me vía marcada por mis debilidades como en ningún otro momento de mi existencia, empecé a comprender la gran pregunta de la vida. Si no necesito a otras personas, ¿qué puedo aprender? Y si no necesito a otras personas, ¿cuál es su finalidad en la vida, cuál de mis cualidades solicitan cuando me necesitan como yo las he necesitado a ellas? El momento en que consigo comprender que son precisamente las cualidades que no tengo las que me hacen reclamar las cualidades de los otros, y a ellos las mías, marca mi inicio espiritual. De repente, ser una criatura se convierte en un don, en un poder y en el principio de crecimiento personal sin límites.

Pero el desarrollo personal no es el único beneficio derivado de una conciencia espiritual de la condición de criatura. Comprender la necesidad humana, ser consciente de la responsabilidad humana, también hace que las matanzas de Argelia y la pobreza de Bangladesh sean a la vez más comprensibles y más trágicas. Confiar en que Dios ponga fin a tales perturbaciones, esperar que resuelva semejante pecado, niega la culpabilidad y elimina la responsabilidad que nace con la criatura. No necesitamos que Dios resuelva tales cosas. No tenemos «un Dios desapasionado, impotente» que nos crea y nos abandona, como dijo una mujer asqueada de la imagen de un Dios insensible en un mundo lleno de dolor. Por el contrario, este Dios —la plenitud del Ser— ha vertido en todos nosotros los sentimientos que necesitamos para percibir esas cosas por nosotros mismos. No es que no seamos iguales a ellas. El hecho es, simplemente, que las ignoramos o las eludimos o que, en nombre de la religión, se las devolvemos a Dios junto con toda la responsabilidad por permitirlas, por remediarlas. Ignoramos las demandas, los deberes, el conocimiento profundo y diario de que somos nosotros los que alborotamos en la vida jugando a ser Dios y generando el caos donde deberíamos poner orden. Hemos pecado como pueblo y, si queremos, como pueblo podemos arrepentirnos y reparar nuestro pecado.