Gratitud y contrición

Slawomir Biela Los Dos Pilares, Gratitud y contrición San Pablo Colección BETEL

Cuando el fondo desaparece debajo de los pies

Se empieza a nadar en las aguas de la contrición cuando se entra en la etapa de las purificaciones, cuando el fondo de repente desaparece debajo de los pies. Si tu grandeza, si la grandeza de tu pedestal está relacionada con la grandeza y multitud de los apoyos en los que buscas tu seguridad, cuando sufres el abandono de aquellos que antes estaban encantados contigo, cuando enfrentas fracasos y derrotas, cuando ves lo mucho que decepcionas —tanto a ti mismo como a los demás—, sientes que algo desaparece bajo tus pies. Estabas de pie, apoyado firmemente en el fondo y de repente comienzas a hundirte. El agua empieza a subir cada vez más, cubre los islotes cercanos, y la orilla parece que se aleja. Descubres que van desapareciendo los apoyos. Además, al observar la rapidez de este proceso, puedes prever el tiempo que te queda para hundirte completamente.

¿Qué hacer? Es posible que escuches en tu alma la voz de Dios invitándote a tumbarte sobre el agua, es decir, a humillarte, reconociendo que eres nada y a que intentes nadar. Pero, ¿cómo puedes hacerlo si no conoces este arte? Te has acostumbrado a estar erguido, por eso tienes miedo. Miedo a acostarte sobre el agua y a perder la sensación de seguridad, al separar los pies de lo que hasta ahora te daba seguridad en ti mismo. Miedo a perder la sensación de que sabes arreglártelas por ti mismo, de que eres capaz de solucionar tus asuntos sólo o con la ayuda de alguien. Y te parece que este miedo es algo insuperable, algo invencible. Sin la fe es muy difícil entregarse totalmente a Dios y encaminarse sin ningún otro tipo de apoyo hacia donde sólo está Él, y hacia donde no hay ningún otro tipo de apoyo. Cuando anteriormente te encontrabas sumergido en aguas poco profundas podías haber aprendido a nadar con relativa seguridad. Sin embargo preferiste sentir continuamente el fondo firme bajo tus pies. Ahora, cuando el fondo desaparece y no puedes hacer pie, tienes que comenzar a nadar. Ya no para adquirir una destreza más y guardarla en la colección de tus perfecciones, sino para sobrevivir.

Algunos consideran que no están en condiciones de vencer estas barreras. Hay otros, incluso, que en esta situación no quieren nadar hacia la meta de la unión con Dios, que no quieren elegir el camino de las purificaciones. Por eso corren desesperadamente hacia una orilla que se aleja cada vez más de ellos. Comienza entonces, para ellos, su carrera contra el tiempo, contra Dios. ¿Conseguirán llegar a un lugar seguro antes de que el agua los cubra? A veces Dios permite al hombre alcanzar la orilla, antes de que el nivel del agua, que va creciendo, los obligue a nadar. Otras, sin embargo, es más rápido, porque su voluntad es otra.

Quien no sabe nadar y repentinamente es arrojado en aguas profundas puede comportarse de modos distintos. Hay unos que se someten tranquilamente al agua, siendo alzados por ella. Otros, paralizados por el miedo, se hunden como una piedra. Hay también otros que se dejan llevar por el pánico comportándose de forma completamente ilógica. Por último, hay también algunos que, realizando movimientos descoordinados, consiguen de algún modo mantenerse en la superficie.

Cuando el suelo desaparece debajo de los pies, es fácil ahogarse. Si no fuera por la cercanía del socorrista que tiene a su lado el salvavidas, todo podría terminar de este modo. El socorrista, además, cuida de que no te atragantes con el agua, y te indica cuál es la mejor postura que debes tener para mantenerte sobre el agua. Puede que la persona que recibe las indicaciones tenga a veces ganas de decir: «Es más fácil dar consejos que seguir consejos”. Sin embargo, a pesar de oponerse, se somete a las indicaciones que recibe y gracias a ellas comienza por fin a nadar por las aguas de la vida interior.

¿Sientes que ya eres capaz de nadar incluso en aguas bastante profundas? Es posible, incluso, que hayas llegado a alcanzar cierta destreza para moverte por las aguas de la contrición: has dominado la postura, la respiración, los movimientos de manos y pies.

Sin embargo, aún te estás moviendo en aguas cercanas a la orilla y siempre tienes la posibilidad de regresar a tierra. Pero, si Dios te obsequia aquí, en esta vida, con la gracia de las purificaciones, gracias imprescindibles para unirte a Él, tu isla se hundirá en el mar y ya no tendrás adónde regresar. Entonces tu único horizonte será nadar hacia el lejano lugar del encuentro con Dios. ¿Crees que puedes llegar a ese punto que se pierde en el horizonte y que Dios ha destinado como el lugar de tu encuentro con Él, como el lugar de su unión contigo?

Jesús, en su gran bondad, puede hacer que ya, aquí en la tierra, llegues a esa meta, o más bien, que Él mismo llegue en ti a ella, meta que es la vida de Él en ti, en tu alma y en tu corazón, sin ningún obstáculo, ni restricción que la impida o la limite.

Al nadar por las aguas de la vida interior no puede olvidarse el principio fundamental que el mismo Jesús nuestro Señor nos enseñó: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Tienes la garantía del mismo Salvador. Si quieres nadar por las aguas de la vida interior, debes querer perder tu vida por su causa. Entonces de verdad la encontrarás.

Al tumbarte sobre estas aguas, humíllate tanto como puedas delante de Dios. Acepta incluso, en este humillarte, que te hundirás completamente. Túmbate horizontalmente sobre el agua, que es el agua de la misericordia divina, y espera que ella misma te alce y te mantenga sobre la superficie. Entonces nadarás hacia la más alejada meta sin contar ya ni con tu propia habilidad y resistencia, ni con ninguna «técnica de natación», ni con tu conocimiento o experiencia.

Cuando una persona cuenta sólo con Dios no puede hundirse, porque Dios mismo la sostiene y la alza. El poder de la gracia de Dios es tan grande que es imposible que quien quiere perder su vida por causa de Cristo pueda realmente perderla. Lo sostienen, en cada momento, los brazos fuertes y amorosos del Padre.

Al nadar por las aguas de la contrición tratando de humillarte, no te hundes, porque las aguas de la misericordia de Dios te levantan. Puede suceder que no descubras cómo, a cada instante, estás recibiendo un don inimaginable, el don de la misericordia divina. ¿Cómo puede ser que no nazca en tu corazón una respuesta a esta gracia, que no te esfuerces por ser agradecido? Gratitud por no hundirte, y gratitud respecto al futuro, por el encuentro en el que llegarás a unirte con el único Amor. Si comprendes que este nadar implica tu vida entera, entonces Dios, que llama a la puerta de tu corazón, te invitará a que estés agradecido por esta totalidad que llamamos vida, por todo. Por todo lo que te condujo a este nadar, por la gracia que te arrojó a estas aguas, por todas las circunstancias concretas que acompañan esta extraordinaria aventura de la vida interior. Por lo que más adelante aparecerá ante tus ojos como un continente de obsequios. Si comprendes que este nadar se ha convertido en tu vida entera, entonces te darás cuenta de que te estás moviendo no sólo por las aguas de la contrición sino, al mismo tiempo, por las aguas de la gratitud, y te darás cuenta que éstas crean una extraordinaria realidad que se entrelaza, la realidad de tu vida interior, de tu camino hacia el Señor.