LA RISA DEL MAL

La risa del Mal se llama Sara. Dios tiene un plan sobre la descendencia de Abraham y Sara se ríe.

La risa del Mal –así, con mayúsculas- se introduce en lo interno incluso de las personas espirituales para reírse o negar otros deseos de Dios.

Es sutil en la sonoridad pero corrosiva en los objetivos. El sujeto puede o no ser consciente de ello… pero el llegar a infravalorar o despreciar los deseos de Dios sobre alguien, o sobre una comunidad es pura acción del Mal.

La risa del Mal se ríe de la fraternidad que nace del corazón de Dios y desprecia al otro con la impresión de hacer bendición. La risa del Mal es mordaz y silenciosa, y ennegrece la luz del Espíritu. Es mezquina y blasfema del amor de Dios.

La risa del Mal en su perversión estará lejos de reconocer las maravillas de Dios… se hace ruin y orgullosamente consume las esperanzas de los sencillos… la risa de Sara se regodea en el secreto y teme la claridad. La risa de Sara retuerce el ceño, retorciendo la verdad y confundiendo a los herederos.

La risa de Sara esconde la bendición pues rechaza la acción de Dios.

Yo he sentido la risa de Sara en mi alma y me dejó helado. He sentido la pobreza del frío de su sonido y me dejó herido.

La risa de Sara es ácida y generadora de tristeza que ahoga la manifestación de cualquier verdad. La risa de Sara, heredera del Mal, se filtra por las piedras que tambalean y destruye la unidad.

Gn 18, 1-15

1 El Señor se apareció a Abraham en el encinar de Mamré, mientras Abraham estaba sentado a la entrada de su tienda de campaña, como a mediodía. 2 Abraham alzó la mirada y vio a tres hombres que estaban de pie frente a él. Al verlos, se levantó rápidamente a recibirlos, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente 3 y dijo:

–Mi señor, por favor te suplico que no te vayas en seguida. 4 Si te parece bien, haré traer un poco de agua para que os lavéis los pies, y luego descansad un rato bajo la sombra del árbol. 5 Ya que habéis pasado por donde vive este servidor vuestro, os traeré algo de comer para que repongáis vuestras fuerzas antes de seguir vuestro camino.

–Bueno, está bien –contestaron ellos.

6 Abraham entró en su tienda de campaña y dijo a Sara:

–¡Date prisa! Toma unos veinte kilos de la mejor harina y haz unos panes.

7 Luego Abraham corrió a donde estaba el ganado, escogió el mejor de los becerros y se lo dio a uno de sus sirvientes, quien lo preparó inmediatamente para la comida. 8 Además del becerro, Abraham les ofreció cuajada y leche, y estuvo atento a servirles mientras ellos comían debajo del árbol.

9 Al terminar de comer, los visitantes preguntaron a Abraham:

–¿Dónde está tu esposa Sara?

–Allí, en la tienda de campaña –respondió.

10 Entonces uno de ellos dijo:

–El año próximo volveré a visitarte, y para entonces tu esposa Sara tendrá un hijo.

Mientras tanto, Sara estaba escuchando toda la conversación a espaldas de Abraham, a la entrada de la tienda. 11 Abraham y Sara ya eran muy ancianos, y Sara había dejado de tener sus periodos de menstruación. 12 Por eso Sara no pudo contener la risa, y pensó: “¿Cómo voy a tener ese gusto, ahora que mi esposo y yo somos tan viejos?” 13 Pero el Señor dijo a Abraham:

–¿Por qué se ríe Sara? ¿No cree que puede tener un hijo a pesar de su edad? 14 ¿Hay acaso algo tan difícil que el Señor no pueda hacerlo? El año próximo volveré a visitarte, y para entonces Sara tendrá un hijo.

15 Al escuchar esto, Sara tuvo miedo y quiso negar. Por eso dijo:

–Yo no me estaba riendo.

Pero el Señor le contestó:

–Yo sé que te reíste.