LOS SANTOS

VENTANAS DE SANTIDAD PARA EL MUNDO

La santidad -como gracia recibida de Dios que es- transforma la persona desde dentro hacia fuera... y la mirada se convierte en un paisaje precioso y desconocido del que disfrutar.

Como el desfiladero que introduce a ciertos valles y que en la medida que avanzas en ellos, puedes ir creciendo en asombro por lo que vas viendo. Así pasa en la mirada generada por la santidad de Dios. Mirar los ojos y el rostro del que la ha recibido, anuncia algo que no le pertenece y que le llena de paz.

La santidad no se posee como se posee una virtud o un vicio. Cuando el disfrute se cree controlado y poseído, la santidad se pudre igual que el maná acaparado por los israelitas en el desierto.

La mirada -en los santos que Dios se va fabricando- se vuelve ventana por la que los demás podemos reconocer el valle precioso de "verdes prados" en los que el Buen Pastor desea hacernos caminar.

La santidad no es poseída por nadie. La santidad, no tiene propietario -salvo en el corazón del mismo Dios- pero me atrevo a decir que tiene apellidos, que tiene rostro.

La ventana que Dios abrió para ver su gloria en una jovencita de Lisieux nos ilumina el alma con palabras como dulzura, sencillez, misericordia, confianza,... el apellido santo de esta ventana es Teresita.

La ventana abierta en Roma desde el corazón de Felipe, nos muestra los colores de la alegría, del pentecostés que sorprende y transforma; del discernimiento; y del alejarse de los títulos eludiendo toda vanidad. El apellido santo de esta ventana es Felipe Neri.

La ventana santa abierta en el desierto en un antiguo militar descrecido y vividor, invita a la conversión, a la paz, al desprendimiento y al encuentro silencioso con Dios... El apellido santo de esta ventana es Carlos de Foucaul: "Enseguida que comprendí que existía un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para él"

La ventana colectiva, que como vidriera de una catedral se abrió en Japón y Uganda, se abre para seducirnos con la fuerza del bautismo; mostrando las maravillas de Dios en sus hijos. Nos habla de gozosa fidelidad, de sencilla entereza, de alegría desafiante y perdón apasionado. El apellido de esta inmensa vidriera nipo-ugandesa tiene el rojo del martirio y el carnet de la juventud. Se llama Pablo Miki, Carlos Lwanga y todos sus compañeros. Una ventana llena de mártires, muy jóvenes muchos de ellos, que seducen el alma, y hacen brotar lágrimas de emoción: Juan de Goto, Diego Kisai, Kisitó... y tantos más. Son estrella en el cielo que tienen la misma fuerza de Dios.

Hay otras ventanas que iluminan toda la geografía del mundo: En Ars un sacerdote, torpe a los ojos del mundo, que huele a mística, discernimiento, misericordia de Dios y a confesión: Juan María Vianney . Entre Lyon y el desierto egipcio un Viator joven, fiel y servidor de la Palabra...

Hay millones de ventanas. Unas anónimas con rostros desconocidos y ocultos. Ventanas dulces, de rostros plácidos que destellan con la belleza de los que se han encontrado con el amor de sus vidas y que sólo son vistas por paseantes casuales y cercanos. Otras reconocidas por todos, como en las ventanas de la santa ortodoxia. Ventanas llenas de la locura de Dios. Ventanas desnudas, como las de esos "locos por Cristo" que llenaron las estepas de los zares, confundiendo a los hombres y hablando del "sólo Dios".

Ventanas anónimas o muy conocidas; deslumbrantes a los ojos de todos o escondidas en desiertos, bosques, monasterios o ciudades... todas ellas forman el resplandor de la Gloria de Dios. El adorno de su casa. Todas ellas pueden atraer, entusiasmar y conducir hacia Dios a los que andamos todavía por el desfiladero.

Gonzalo Glz, csv