Tejedora del alma

Muchas veces he visto a madres y abuelas cómodamente sentadas y tejiendo para hijos y nietos. Pasar la lana entre los dedos y las agujas, y tejer... En silencio tejer.

Lo que siento de María, la Madre de la Iglesia es eso: Ella teje en silencio el corazón de quien se deja.

            Soy yo quien le da los colores de la lana. Los hilos que formarán mi mañana. Yo le doy mi vida, mis cansancios y alegrías, esfuerzos y caídas... El hilo de mi oración mascada de todos los días. Yo le doy mi acción de gracias, mi súplica y mi alabanza. El hilo del susurro –a veces cansado– de mi alma.

Cuando me preguntan por mi devoción a María sale de mí, sin más argumentos, una respuesta afirmativa. Rezando el rosario no me hago muchas preguntas sobre métodos o misterios. Simplemente paso lentamente las cuentas dejándola a Ella tejer lo que soy. Ella se toma el tiempo que le doy y, en silencio, lleva mi vida al evangelio.

            Un sencillo “Yo te saludo María... Madre... Tejedora de mi alma”, me basta.

            Por mi educación, nadie me había hecho llegar a una devoción a María ni buena ni mala. Cuando de joven deseaba estructurar mis gestos de vida cristiana, pensé que debía acercarme a María de forma especial. Así me lo dijeron. Torpemente comencé a meter en mi oración momentos “marianos” casi por obediencia, siempre buscando mi sitio en el ser iglesia. Quizá ella esperaba hacía mucho tiempo con las agujas preparadas. Un día fui consciente y descubrí a la madre que teje en lo escondido y que siempre dice “haced lo que él os diga”.

            Hoy siento que es Ella la que ha tejido con paciencia todo lo que la he ido dando.

En los momentos más bajos, creo que Ella tiraba de los hilos para pedirme más trabajo... Sí, ella también tejió en los momentos malos.

            Pienso que Ella no ha rechazado nunca un hilo. Los ha tejido todos: El pecado, el olvido, la alegría, el llanto, el éxito y el fracaso... y veo que los va tejiendo según conviene, para que el resultado sea menos mediocre del que yo esperaba.

Las madres y abuelas no tienen mantos celestes, coronas ni estrellas pululando por la cabeza. La “poesía” y las flores a María, no me dicen mucho. Mi devoción quizá sea demasiado mía, pero mi rosario siempre me acompaña.

El rosario es el telar donde en un silencio sin ideas ni pensamientos, mi Madre, la Tejedora sin estrellas ni corona, pasea mi vida por sus dedos.

Una Madre con la espumadera en la mano, a veces con la zapatilla y siempre con todo preparado en el momento adecuado. Una Madre que ama... Que reza contigo, que te enseña a hacer la señal de la cruz, que te lee el evangelio y que se sonroja cuando llega al “Magnificat”.

María; Una madre, que cuando la dejas, en silencio teje en el alma y que no olvida nunca que el “copy raid” de su ser es “Made-in-gracia-de-Dios”.

Cfr. GONZALEZ Ch. Volviendo a Sicar. Monte Carmelo Burgos 2003 pag: 137