Tabor

De vez en cuando vienen grupos de jóvenes al monasterio para que les demos pistas para orar. A veces, nos comparten sus dificultades y también sus deseos de seguir buscando su propia forma de orar, su modo personal de dialogar con Dios.

Como fruto de estos encuentros nace esta página que trata de dar respuesta a estas inquietudes y de ser una sencilla luz para el camino…

SE HACE CAMINO AL ANDAR…

Puede resultar “chocante” que comencemos diciendo que “a orar se aprende orando”. Y sin embargo, lo mismo sucede en cualquier actividad que iniciamos o con nuestras relaciones interpersonales. Vamos aprendiendo a realizarlas a medida que les dedicamos tiempo y un espacio de calidad en nuestra vida

Quizá será bueno comenzar por crear tu rincón de oración. Buscar un lugar silencioso y tranquilo en alguna Capilla, en tu habitación, etc. Cerca del Sagrario, de algún icono o imagen que te ayuden a “entrar”.

Allí vas sobre todo a escuchar a Dios. No te preocupes tanto de lo que tú vas a decirle o de cómo lo dirás. Vas a estar con Él simplemente, gratuitamente, porque le quieres. Decía San Agustín: “No me buscarías si ya no me hubieras encontrado”.

Deja que Jesús ore en ti al Padre. Es importante tomar conciencia de que en la oración el protagonista es Jesús: es Él quien quiere alabar al Padre en ti, interceder por la humanidad por medio de ti, etc. Él es quien quiere revelarte cómo es el corazón del Padre, cuál es su plan de amor para ti.

Vacíate poco a poco de ti mismo, haz como María. Comienza por dejar a un lado el ruido que llevas dentro, todo aquello que te preocupa o te distrae. No te preocupes si a lo largo de este tiempo de encuentro estas cosas vuelven a aflorar… Entre amigos no hay nada que ocultar, es importante que ores con sencillez y naturalidad. Deja que la luz de Dios ilumine también los espacios oscuros de tu vida. Ora con todo tu yo. No le muestres únicamente “el aposento para las visitas”, deja que entre también en aquellos espacios de tu vida que necesitan sanación en los cuales todavía hay desorden, egoísmo, vacío, etc. Ora tal como eres en realidad, no cómo quisieras ser… Sólo desde la propia pobreza podemos descubrir el “gran tesoro” que Dios ha depositado en nuestro interior.

No te preocupes tanto del método para orar. La oración es un diálogo de amor, un estar muchas veces a solas con quien sabemos nos ama. Cuando nos sentimos profundamente amados, brota en nuestro interior el amor y el deseo del encuentro.

Invoca la presencia del Espíritu Santo con algún canto o alguna invocación .O simplemente ábrete a su acción. Confía en que Él va transformando tu vida, “te va cristificando por dentro” a lo largo de tu camino de oración.

Cuida especialmente el comienzo de tu oración. Haz un sencillo acto de fe o de amor, diciendo repetidamente algunas palabras: “Creo Señor que Tú estás aquí “ o “Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”, etc.

Lee despacio el Evangelio de la Eucaristía de cada día, o bien la lectura del Antiguo Testamento o el Salmo que se ha proclamado. Deja que “calen en ti” esas palabras. Fíjate en los personajes, en lo que dicen, etc. Tal vez puede ayudarte imaginar la escena como si tú estuvieras presente. Mira a Jesús, intenta descubrir sus sentimientos, penetrar en su Misterio.

Medita el Evangelio (o el texto bíblico elegido). Pregúntate: ¿Qué me quiere decir el Señor a mí en este día con esta Palabra? ¿Qué buena noticia trae a mi vida? ¿O al momento o situación que estoy viviendo? Puede ayudarte escribir en tu cuaderno aquella frase que más te haya impactado, para darle vueltas en el corazón a lo largo de la jornada.

Confronta tu vida con el Evangelio: tu estilo de vida, tus opciones, criterios, sentimientos, etc. con los de Jesús y los primeros discípulos.

Ora el texto. Muchas personas no pasan adelante, se quedan sólo reflexionando el texto. Y sin embargo, lo central de la oración es este momento de diálogo con el Señor “de corazón a corazón”. Es importante que la afectividad tenga su papel en la oración. Tal vez hay muchos creyentes demasiado “racionalistas”. Pregúntale ahora al Señor: ¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres que haga con mi vida? ¿Qué me ofreces? ¿Cómo puedo seguir dando pasos en tu seguimiento?, etc

Habla con Él como con un amigo, con un hermano. Dale gracias, pídele perdón o ayuda, intercede por otras personas o situaciones, etc.

Contempla.

Déjate mirar por Él y abre tu corazón a su presencia, permanece en silencio. Deja que su Amor penetre en tu vida y la transforme. Aquí ya sobran las palabras…

Como “somos gente educada” no nos vamos de la oración sin tener un “gesto” de despedida, aunque sabemos que Él siempre viene con nosotros.

Y recuerda:

“Él viene para que tengamos vida y la tengamos en abundancia” (Jn 10,10)

Nunca te canses de orar y siempre tendrás una vida más plena…

http://www.redentoristas.org/

"TABOR"