Una de las cartas de la Samaritana: VESTIDO NUEVO

De niña mi deseo del Altísimo era grande. Infantil, pero grande. Recuerdo con respeto y cariño, al rabino de mi pueblo. Su voz dulce, con palabras que yo no comprendía, me hicieron amar al Santo y disfrutar con paz de una comunidad en la que Dios estaba presente a cada paso de la jornada.

Mi fe sin fisuras, vistió mi infancia con una túnica preciosa de eterna primavera, con una alegría profunda que mis ojos, sin duda, reflejaban.

Mi fe infantil cantaba los salmos con las mujeres y lloraba cuando el rabino nos recordaba el infame destierro que nuestros antepasados sufrieron. Mi fe se enardecía al escuchar cuando el jovencito David derrotó al gigante, y de pastor llegó a ser rey.

Pero el frío llegó en los años de juventud. Por mil motivos que en parte tú conoces, comencé a esconderme del ojo de Dios y mi vida se sumió en una fiesta oscura que no alegraba mi alma.

Muchos años de oscuridad hasta aquel bendito día que en el pozo bebí de un agua que llenó mi vida de luz y de frescor.

Al comprender que debía volver a Dios, comencé –torpemente al principio– a repetir gestos, oraciones e ideas, que me llenaron cuando niña. Pero no encontraba la paz.

Me esforcé en los primeros meses en salmodiar; en recordar historias de la Torah pero todo fue sin éxito para la ansiedad de mi corazón.

Era evidente. Lo que de niña llenó mi corazón, ahora no me satisfacía.

Por aquellos días visitó Sicar el apóstol Tomás.

Durante una comida con los hermanos, me acerqué y le pregunté cómo llenar más y más mi corazón.

Mis tatuajes me delataban. Pero ya no había ni joyas, ni tejidos caros en mi cuerpo. Y si hubiera habido dudas sobre mi corazón, mis ojos dijeron el resto y Tomás comprendió: Deseaba vivir en paz y feliz, en el resucitado.

Al contarle mi vida, llegó un momento que mirando a los otros asistentes les sonrío y abrió su boca derramando bendición.

“Tenéis que tejer un vestido nuevo”

Y mirándome con ternura siguió... “Tu vestido de fe en la infancia, no puede vestir tu vida de hoy. Tu vida ha crecido tanto y has vivido tantas cosas, que si bien tu fe infantil era cierta y viva, no tenía que vestir más que a una niña que nacía para la fe.

Si cogieras un vestido tejido en tu infancia no podrías ponértelo. Tu cuerpo ha crecido y ésa ropa no te serviría. No pretendas vestir tu nueva vida espiritual con el vestido dulce, tierno y real de la infancia. Real y vivo, pero de infancia.

Hoy, la abundancia de la Gracia del Señor, ha inundado tu vida y las formas, ritos y deseos deberán estar en consonancia con lo recibido y con lo que ha ido tejiendo tu existencia. Tu nuevo traje de fe vestirá una vida llena de alegrías y tristezas; una vida de éxitos y fracasos; una vida de amores y abandonos; una vida de sonrisas y lágrimas.

Tu nuevo traje de fe debe vestir una existencia nueva para la cual tu vestido tejido y olvidado en aquella época infantil, no tiene respuestas y es inútil.

Desde que descubrimos al Señor, comenzamos a crecer rápidamente y el vivir en él nos reviste de su Luz. Él es nuestro tejedor y nuestro sastre a la vez, y nos regala el vestido nuevo que cada día ha preparado para nosotros”

Atardeció con rapidez. La tarde se esfumó como en un juego. Querido Centinela, al volver a casa, en el mismo momento en el que sé que tu subes a la almena, la brisa de la noche llenó mi corazón de alegría. Supe que debía tejer todo lo recibido, para vestirme con ese elegante vestido de fe y vida, que el Señor me había concedido.

Soy feliz y él me ha llenado de paciencia.

Texto extraído, para presentar el libro, de:
GONZÁLEZ Chalo Volviendo a Sicar
Editorial Monte Carmelo Burgos 2003 pág. 169