VESTIDOS DE RETALES

El colorido y la diversidad golpeaban la vista en aquél día soleado. En un rincón, los lunares verdes eran vecinos de rayas azules por un lado, cuadros amarillos por otro y las rayas multicolores, salpicaban en espacios más o menos grandes toda la camisa.

Su percha, sentada en un banco y con gafas de sol y visera, parecía orgullosa y no era ajena a las miradas que los paseantes lanzábamos con curiosidad.

Al llegar a su vera fui más consciente de lo que veía. No era una camisa de locos colores, salida así de la impresión textil de alguna fábrica. Eran retales cosidos. Mis ojos atentos veían los ligeros pliegues de las costuras. Definitivamente, era una camisa preciosa y llamativa hecha de decenas de retales de combinación tan imposible en la estética tradicional como real y vistosa.

La percha seguía allí tomando el sol y siendo consciente de las asombradas miradas. Lucía feliz el trabajo pintoresco de algún hábil costurero.

Por la noche pensé que los hombres a lo largo de los años vamos siendo como ese puzzle maravilloso que el Señor va uniendo. Retales a veces muy pequeños de bondad, de belleza y buenas obras, de deseos de Dios, de entusiasmo, de desánimos esperanzados que el Señor va uniendo dejando siempre para dentro las costuras y los hilillos que afearían nuestro vestido nuevo.

Es como si se empeñara en hacernos ver lo precioso que somos a sus ojos. Frecuentemente no encuentra grandes trozos de fidelidad que hayan durado años enteros… pero no se desanima y sigue uniendo pequeñas y ridículas lágrimas de tela en el puzzle misterioso de nuestra existencia.

El hilo es rojo de su sangre. Las costuras están impregnadas de la redención inmerecida que nos regala.

Pero el Señor tiene todavía que luchar contra nuestra mirada. Según él va cosiendo, nosotros preferimos mirar por dentro y ver la fealdad de las costuras... los hilos deshilachados y los nudos que inevitablemente se van haciendo. Todo es color, retales de bondades y lealtades, pero los mismos retales, por su reverso, nos hacen darnos cuenta y recordar el pecado que no está presente en el exterior del vestido… y lloramos. Y su mano de artesano empuja de nuevo nuestra mirada fuera del vestido para que veamos el multicolor gozo de nuestras pequeñas fidelidades. Su dulce mano consuela, y enjuga las lágrimas de memoria que oscurecen el recuerdo.

Sí, él nos viste de luz para hacernos caer en la cuenta que por el color y la pobreza somos hermosos a sus ojos de misericordia. Él nos viste de la belleza que él mismo nos fue regalando por pura gracia; y de la que sólo tímidamente fuimos conscientes.

Podemos pasearnos con el atractivo orgullo de ser coherederos de la bendición; con el vestido que se va tejiendo con la sangre del mismo Dios en el andar de nuestros pasos.

Podemos pasearnos con la alegría de los llamados, de los “siervos inútiles”, de los que son “niña de sus ojos”, de los redimidos por la sangre del cordero. Sí, somos perchas que sostienen pobremente las bendiciones del cielo.

Chalo González, csv