Texto del mes

Texto de Abril de 2010

DE LAS HOMILÍAS DE SAN BASILIO MAGNO, OBISPO

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.

            No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza.

Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloríe –continúa el texto sagrado-, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera gran­deza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se ha­lla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para noso­tros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así -como dice la Escritura-: «El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.»

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enor­gullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos jus­tifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la es­peranza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único mo­tivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

.Y es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabi­duría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos -dice Pablo-; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza huma­na. En nuestro interior -dice también el Apóstol- dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando.